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Los derechos del lector

Los fanáticos de la lectura, y me cuento entre ellos, estamos acostumbrados a respetar e idolatrar al libro como una especie de objeto sagrado.

Te voy a poner un ejemplo, que para mí es muy revelador. Fíjate que en los últimos años he hecho varias mudanzas, demasiadas (empiezo a estar demasiado cansada de tanto cambiar de casa). Eso me ha servido para volverme más pragmática y restarle valor sentimental a muchísimos objetos: me he desprendido de decenas de bolsas de ropa y de un montón de cachivaches que no utilizaba y solo guardaba por si acaso. Sin embargo, pese habérmelo propuesto, solo conseguí descartar tres cajas de libros en la penúltima mudanza, que doné a la biblioteca municipal. Y me vine a mi piso actual cargada con cuarenta y ocho cajas de libros, la mayoría de los cuales hace años que no leo, pero que significan un mundo para mí y considero parte de lo que soy.

Hasta tal punto idolatramos a veces los libros, que en 1992 Daniel Pennac esbozó en su obra Como una novela una decena de «derechos del lector» para defendernos del radicalismo de los ultrarradicales de lo que, al fin y al cabo, es un objeto que debería provocarnos placer, y no sufrimiento. He preparado una infografía que los reúne: Sigue leyendo

Por qué leer malos libros no es una pérdida de tiempo

Párate a reflexionar sobre tus lecturas de los últimos años. Por cada obra maestra, habrás leído al menos dos o tres libros simplemente aceptables, alguno flojo pero resultón y se te habrán atravesado varios auténticos bodrios. Y no me refiero a las clasificaciones de los críticos, sino a las tuyas propias.

De hecho, creo que valoramos tanto esos pocos libros mágicos porque son escasos. Pero, ¿no te invade una sensación de pérdida de tiempo cuando dedicas tu valioso tiempo libre a un libro que, según acabas concluyendo, no merecía la pena? Pues abandona toda culpabilidad, que leer libros malos puede ser muy útil para un escritor.

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Feliz día del libro

23 de abrilGrandes. Pequeños. Vistosos. Con ilustraciones. Gastados. Polvorientos. Breves. Gruesos. Divertidos. Románticos. Escalofriantes. De aventuras. De ciencia-ficción. Históricos. De versos. Dulces. Deliciosos. Estremecedores. Delicados. Interesantes. Leídos. Releídos. Dedicados. Olvidados. Regalados. Nuevos. Prestados. Inolvidables…

A mí me vuelven loca los libros, ¿y a ti?

¡Feliz día del libro!

Cómo se inspiraba Tennessee Williams

Algo que me gusta hacer cuando imparto talleres de creación literaria es citar a los grandes autores de la historia de la literatura. Los que más saben sobre el arte de escribir son ellos. Puedo pasarme horas y horas hablando del proceso de la creación, de técnicas y trucos de escritura, analizando cuentos para ver qué mecanismos ha usado su autor… Pero al final, estoy convencida de que a los que asisten a talleres literarios les impresiona mucho más lo que dicen los grandes autores (y tienen toda la razón). Hoy inauguro categoría en el blog para dejar hablar a los maestros por sí mismos, y lo hago con unas declaraciones de Tennessee Williams donde nos explica dónde halló él la inspiración para una de sus novelas más famosas.

Tennessee Williams

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Letras capitulares

¿No te pasa que te cautivan ciertos detalles de los objetos que amas? A mí me encantan los libros, y todos tienen su encanto, pero uno de los elementos que me enamora de un tomo en particular (y si lo descubro en una excursión a una librería, es casi seguro que acabaré comprándolo) son las letras capitulares. Me apasionan. ¿Quieres que te cuente algunas curiosidades sobre ellas?

letras capitulares

Una capitular es aquella letra de gran tamaño que aparece al principio de un libro, un capítulo o un párrafo, ocupando por lo general dos, tres o incluso más líneas.

El origen de este curioso elemento se remonta a la época romana. Los más antiguos textos romanos estaban escritos en letras capitales y scriptura continua (es decir, sin espacios entre palabras), lo que producía libros estéticamente muy homogéneos pero difíciles de leer. Para facilitar un poco la lectura, la letra inicial de cada párrafo se ponía al margen con un mayor tamaño, el de todo el párrafo.

Más adelante, esta escritura en letras capitales derivó en en letras unciales y semiunciales (más simples y redondeadas, y también más fáciles de escribir y más legibles), pero se mantuvo a costumbre de escribir en letra capital los titulares, las iniciales de los nombres propios y algunas palabras que se quisieran enfatizar. Las iniciales de párrafo también solían destacarse, en algunos libros incluso coloreadas y adornadas.

Durante la Edad Media se mantuvo el uso de capitulares ricamente adornadas. En este caso, la finalidad no era únicamente ornamental, sino que tenía una utilidad práctica: servía para ayudar a localizar pasajes concretos dentro del libro. Ten en cuenta que a menudo estos libros se leían por monjes en salas con una iluminación muy pobre, de modo que estas capitulares servían de gran ayuda. Por este mismo motivo, a veces el diseño de estas capitulares no se limitaba a motivos florales o geométricos, sino que se hacía con elementos relacionados con el contenido del pasaje. Ya no se usaban en cada párrafo, sino solo en lugares importantes del texto.

Con la invención de la imprenta, no desapareció la costumbre de iluminar los manuscritos: el impresor respetaba ciertos huecos que se completaban gracias a la inserción de dibujos a mano, al principio, y más tarde de un grabado hecho a partir de una pieza de madera que se utilizaba de forma semejante a los tipos de la imprenta. Posteriormente se realizarían también grabados en metal. Algunos de estos grabados se convirtieron en auténticas señas de identidad de imprentas de gran renombre y siguen siendo imitados en nuestros días.

Poco a poco, el uso de capitulares se fue simplificando (con la desaparición del coloreado posterior, por ejemplo) y reduciendo. En primer lugar, el coloreado y adorno de las capitulares suponía una inversión de tiempo para decorar el manuscrito que era contrario a la rapidez de la imprenta; por otra parte, la tendencia a economizar los costes (tanto el de creación del grabado como la inversión en tinta) obliga a prescindir cada vez más de estos elementos. Por ello, finalmente el uso de las capitulares acabó siendo algo extraordinario que se limitó a las ediciones de lujo.

Hoy en día la situación sigue más o menos igual: el empleo de las capitulares no es habitual en la mayoría de ediciones, pero su uso crea libros más hermosos y cuidados.

Las capitulares son mi pasión, me encanta observar el cuidado de sus trazos y el equilibrio de su diseño. Desde que a los diez años me enamoré de las capitulares de La historia interminable (mi primer gran libro) siento fascinación por estos delicados elementos. ¿Y tú? ¿Hay algún elemento especial que te cautive en un libro?