Lecturas prohibidas

Me encanta hablar con lectores. De lo que están leyendo ahora, de lo que leyeron en el pasado, de lo que les gustaría leer algún día pero nunca hallan el momento, del tipo de autores que les gustaría descubrir, de las emociones que les despertó cierto libro concreto. Y uno de mis temas de conversación favoritos son aquellos libros que fueron mis lecturas prohibidas.

Lecturas prohibidas

Hubo un tiempo en que yo envidiaba a aquellos (pocos) ratones de biblioteca que, a diferencia de mí, no habían experimentado la prohibición de la lectura. Puede parecer que estoy exagerando, y en cierto modo así es, pero creo que hay muchas formas y muy sutiles de prohibir. ¿Quién no recuerda aquellos horrendos padres de Matilda, de Roald Dahl, que despreciaban la forma de pensar de la niña y su afición por la lectura? No eran más que una exageración de algo con base real. Yo, en ocasiones, sabiendo que era una hipérbole, me sentí identificada con Matilda, tengo que admitirlo.

¿Quién no ha leído bajo las sábanas con una linterna en mano? ¿No era deliciosa esa lectura prohibida? Aunque fuese por el bienintencionado «Es hora de dormir, que mañana madrugas», no te permitían leer y tú transgrediste ese límite. En mi caso, era solo el principio. Mi afición por la lectura era tildada de desproporcionada y eran muchos los intentos de limitarla. Y también era agudo mi ingenio para  zafarme de esa estricta vigilancia y salirme con la mía. Alguna vez, por ejemplo, me puse el bañador y preparé la bolsa de la playa… para irme a la biblioteca del pueblo a seguir leyendo tranquila, lejos de las quejas de quien consideraba que debía darme el sol. 😀

El caso es que nunca he disfrutado tanto la lectura como en aquella época, y es posible que la sensación de transgresión contribuyese a ese sentimiento. ¿Qué opináis? ¿Os ha pasado lo mismo alguna vez?

«Hay niños que leen bajo las sábanas, con la linterna en la mano, en contra del mundo entero. Hay una dimensión de transgresión en la lectura. Si hay tantos lectores que lean por la noche, si leer es con frecuencia un acto de oscuridad, no es solamente porque hay en ello un sentimiento de culpa: de esta manera se crea un espacio para la intimidad, un jardín protegido de las miradas. Se lee sobre los márgenes, las riberas de la vida, en los linderos del mundo. Tal vez no hay que desear que se haga la luz en ese jardín. Dejemos a la lectura, como el amor, conservar su parte de oscuridad» (Michele Petit, antropóloga).

Deja un comentario